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El Precio a Pagar Por Ser Seguidor De Cristo. Por el Dr. Jose D. Diaz Perez

  • Writer: Dr. Jose D. Diaz Perez
    Dr. Jose D. Diaz Perez
  • Mar 30
  • 6 min read

 

La guerra, el esfuerzo humano, los sacrificios familiares y el cansancio físico de mi trabajo y carrera militar me enseñaron una lección invaluable: la libertad siempre tiene un precio. No existe victoria sin sacrificio, ni misión cumplida sin resistencia.

 

De la misma manera, la vida cristiana no es una excepción. Comprender la naturaleza de la batalla espiritual y el costo de seguir a Cristo no es opcional, sino esencial para una fe genuina y perseverante.

 

La Escritura nos exhorta con claridad:


“Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo dondequiera que vayas.” Josué 1:9 (RVR1960)

 

Este mandato no es simplemente motivacional; es un llamado a la resistencia espiritual. Dios nunca prometió un camino fácil, pero sí aseguró Su presencia constante.

 

1. El patrón bíblico: fe que cuesta

 

La historia del pueblo de Israel y de la iglesia primitiva está profundamente marcada por el sufrimiento y el costo de la obediencia a Dios. Desde los patriarcas hasta los apóstoles, cada generación experimentó que seguir a Dios implica sacrificio.

 

Después de la muerte de Cristo, muchos pensaron que el movimiento había terminado. Sin embargo, lo que parecía derrota se convirtió en expansión. La iglesia creció, no en ausencia de dolor, afliccion, pruebas y sufrimiento sino en medio de él.

 

El sufrimiento no detuvo el evangelio; lo impulsó.

 

La Biblia lo afirma sin rodeos:


“Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución.” 2 Timoteo 3:12

 

El verbo “padecerán” no es condicional, es una certeza. No dice “tal vez”, sino “sucederá”. Esto confronta directamente una visión superficial del cristianismo que promete comodidad en lugar de transformación.

 

Asimismo, el apóstol Pedro añade una perspectiva aún más profunda:


“Sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo…” 1 Pedro 4:13

 

Aquí encontramos una verdad radical: el sufrimiento por Cristo no solo se soporta, se celebra. ¿Por qué? Porque revela nuestra identificación con Él.

 

Hoy, muchos pastores y líderes están atravesando aflicción y sufrimiento, no desde afuera, sino desde dentro de la misma iglesia. Algunos, movidos por el temor hacia aquellos con mayor preparación o conocimiento, terminan atacando a sus propios hermanos en Cristo, evidenciando así no solo inseguridad, sino también inmadurez espiritual.

 

En lo profundo de sus corazones saben lo que hacen; sin embargo, nada escapa a la mirada de Dios. Él pesa las intenciones, examina los corazones y juzga con justicia perfecta.

Por otro lado, el líder que persevera en medio del rechazo, que responde con humildad en lugar de orgullo, y que permanece fiel en medio de la injusticia, será recompensado en el tribunal de Cristo.

 

Por eso, la obediencia a Dios debe estar siempre por encima de la aprobación de los hombres. Aun si eso implica caminar en contra de la mayoría, el creyente está llamado a confiar plenamente en el Señor, tal como lo hizo Josué al enfrentar la conquista de Jericó: no siguiendo la lógica humana y el reporte mayoritario (grandes y jigantes guerreros), sino obedeciendo con fe la voz de Dios.

 

2. María: un ejemplo del costo de la obediencia

 

Un ejemplo poderoso y muchas veces subestimado es María, la madre de Jesús. Su vida encarna el precio y el costo de decir “sí” a Dios.

 

Incluso el significado de su nombre, definido como “amargura”, refleja una vida marcada por pruebas, afliccion y amargura. María no solo fue escogida, también fue probada.

 

Ella enfrentó:


  1. Un embarazo fuera del matrimonio en una cultura que condenaba severamente (la muerte) esa situación.

  2. El ser considerada adúltera.

  3. El rechazo social por fornicacion.

  4. La incomprensión de su entorno familiar.

  5. El dolor profético de ver a su Hijo sufrir y tener una muerte violenta.

 

Aceptar el llamado de Dios significó aceptar también el sufrimiento que lo acompañaba.

Sin embargo, María respondió con fe, no con resistencia.

 

La Escritura dice:


“Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.”Lucas 2:19

 

Y nuevamente:


“Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.” Lucas 2:51

 

María no entendía completamente todo lo que ocurría, pero confiaba plenamente en Dios. Su fe no dependía de claridad, sino de convicción.

 

3. El costo define el valor

 

En el contexto militar, aprendemos que todo lo valioso requiere sacrificio: tiempo lejos de la familia, disciplina constante, esfuerzo físico extremo y, en algunos casos, el riesgo de la vida misma.

 

De igual manera, el discipulado cristiano tiene un costo real.

 

Jesús mismo lo declaró:


“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Lucas 9:23

 

La cruz no es un símbolo decorativo; es un instrumento de muerte. Seguir a Cristo implica morir al yo, a los deseos personales, al orgullo narcisista y a la comodidad.

 

Pero aquí, me encuentor yo y muchos lideres que han sufrido, la paradoja del evangelio: perder es ganar.

 

El precio es alto, pero la recompensa es eterna. En el reino de Dios, perder no siempre es derrota; muchas veces es el camino hacia la verdadera victoria. Perder reputación, posición o reconocimiento humano puede ser precisamente el medio que Dios usa para conformarnos más a Cristo.

 

Esta realidad me recuerda experiencias vividas donde líderes narcisistas, movidos por el orgullo y el temor de perder su influencia, utilizaron su posición de autoridad (a nivel nacional y estatal) para desacreditarme. No actuaron solos; como suele suceder, se aliaron en un mismo espíritu o enemigo en comun para levantar acusaciones, distorsionar la verdad y sembrar duda en otros.

 

La Escritura en Romanos describe este tipo de conducta con imágenes fuertes:

“Veneno de áspides hay debajo de sus labios.”

 

Cuando la lengua se usa como instrumento de destrucción, no solo hiere a la persona, sino que contamina a toda una comunidad, sembrando sospecha, división y raíces de amargura en los corazones. Y como advierte la Biblia, una raíz de amargura no tratada termina contaminando a muchos.

 

Sin embargo, en medio de la injusticia, hay una verdad sostuvo nuestra familia: Dios es quien pelea nuestras batallas. No necesitamos defendernos con las mismas armas del mundo, ni responder al ataque con ataque. Nuestra confianza no está en limpiar nuestro nombre delante de los hombres, sino en permanecer íntegros delante de Dios.

 

Por eso, he entendido que es mejor “perder” según los estándares humanos, aunque el testimonio sea manchado injustamente, si eso significa ganar a Cristo. Ganar Su paz en medio del caos, Su gozo en medio del dolor, y Su tranquilidad en medio de la tormenta.

 

Es mejor ceder el derecho a tener la razón que poner en riesgo la obra del reino. Es mejor callar con humildad que responder con orgullo. Es mejor sufrir injusticia que cometerla.

 

El apóstol Pablo lo expresó de manera contundente al considerar todo como pérdida con tal de ganar a Cristo. Esa es la perspectiva eterna que transforma nuestra manera de ver el dolor presente.

 

Sabemos con claridad cuál es nuestro llamado. No depende de la aprobación humana, ni puede ser anulado por la oposición de otros. Y aunque la justicia terrenal puede fallar o ser manipulada, confiamos en la justicia divina, que es perfecta, santa y mucho más severa que cualquier tribunal humano.

 

Al final, Dios no solo vindica a sus siervos, sino que también juzga con rectitud cada intención del corazón. Por eso, seguimos adelante. No amargados, sino afirmados. No derrotados, sino refinados. No buscando venganza, sino descansando en la justicia de Dios.

 

Perder aquí… para ganar en la eternidad.

 

4. Aplicación práctica: vivir una fe real

 

Hoy, muchos buscan un cristianismo sin costo: sin sacrificio, sin compromiso y sin sufrimiento. Sin embargo, ese no es el evangelio bíblico.

 

Una fe auténtica se evidencia cuando:

  • Permanecemos firmes en medio de la prueba (Santiago)

  • Obedecemos aun cuando es difícil

  • Confiamos en Dios sin entender completamente

  • Perseveramos a pesar del rechazo o la oposición

 

El creyente no está llamado a evitar el sufrimiento, sino a enfrentarlo con esperanza.

 

Conclusión:


Vale la pena pagar el precio.


Así como la libertad de una nación tiene un costo, la fidelidad a Cristo también lo tiene. Pero a diferencia de cualquier sacrificio humano, lo que Cristo ofrece supera infinitamente lo que se pierde.

 

El llamado no es fácil, pero es glorioso. El sufrimiento no es el final de la historia; es el proceso mediante el cual Dios forma, purifica y fortalece nuestra fe.

 

Seguir a Cristo cuesta… pero no seguirlo cuesta mucho más la muerte eterna.

 

Dios los Bendiga!

Liderando el Camino con Jesus Chesapeake, VA

Dr. Jose D. Diaz Perez

 
 
 

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