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Parte 4: Plantando Semillas de Fe: La Gran Comisión como Práctica Fundamental en la Iglesia Contemporánea

  • Writer: Dr. Jose D. Diaz Perez
    Dr. Jose D. Diaz Perez
  • Mar 23
  • 4 min read

Descenso de la SBC


 

“Plantando semillas de fe” surge como una reflexión seria y argumento necesarios sobre el declive de la iglesia bautista del sur (SBC), pero alcanza a otras denominaciones. Esta reflexión y argumento son un tema que muchos líderes evitan abordar abierta y públicamente, pero que resulta indispensable para la salud, progreso y revitalización de la iglesia bautista contemporánea. Aunque es un asunto pesado y sensible, debe ser tratado con urgencia espiritual para alinearnos nuevamente al plan y propósito de Dios para con nuestras vidas.

 

La exhortación es clara: debemos mirarlo con ojos espirituales y no carnales (1 Corintios 2:14–15), evaluando nuestra condición moral y espiritual como institución. Solo así podremos renovar nuestro entendimiento (Romanos 12:2), alinearnos nuevamente con el propósito de Dios y echar raíces profundas de fe que permitan al Espíritu Santo hacer florecer Su Palabra a través de fieles sembradores.

 

El principio es simple, aunque profundamente exigente: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19–20). Sin embargo, la dificultad radica en la desviación práctica de este mandato. La iglesia, junto con estructuras dedicadas a plantar iglesias y diversos sistemas organizacionales, ha complicado y desviado lo que Cristo estableció como esencial. En muchos casos, se ha transformado en un modelo corporativo marcado por la institucionalización, el pragmatismo financiero y, en ocasiones, un sutil narcisismo eclesiástico.

 

Cristo no nos comisionó a construir edificios más grandes ni a levantar organizaciones complejas, sino a hacer discípulos. Aquí yace una de las mayores confusiones contemporáneas de la iglesia bautista del sur. El mandato no fue “id y plantar iglesias” o "id y desarrollar edificios más grandes" como fin último, sino discipular: bautizando y enseñando a obedecer todo lo que Él ha mandado. Es decir, crear nuevos líderes y crear oportunidades para el crecimiento espiritual de todos.

 

Por tanto, la iglesia , la ekklesia, es el resultado orgánico del discipulado fiel y de invertir en los miembros del cuerpo de Cristo no su sustituto ni su objetivo primario.

 

Como bien afirmó Juan Calvino, “dondequiera que veamos la Palabra de Dios predicada puramente y los sacramentos administrados conforme a Cristo, allí no hay duda de que existe una iglesia de Dios”. Esta definición devuelve el enfoque a lo esencial: Palabra, formación espiritual y obediencia.

 

Asimismo, Martín Lutero enfatizó que la iglesia no es una estructura visible de poder humano, sino “la congregación de los santos, en la cual el evangelio es correctamente enseñado”. Esto confronta directamente el modelo moderno que prioriza infraestructura sobre transformación.

 

Hoy, muchas iglesias han adoptado un modelo corporativo donde la prioridad es sostener la institución: presupuestos elevados (contratos de mantenimiento, limpieza, seguridad, etc.), múltiples pastores pagados con sus secretarias, múltiples empleados, infraestructura compleja, estrategias de marca y programas diseñados para atraer “consumidores religiosos”. Sin embargo, este enfoque, aunque funcional, puede desviarse peligrosamente del modelo neotestamentario.

 

El patrón bíblico es radicalmente distinto. Se centra en la inversión personal de cada creyente, en un discipulado intencional y transformador que impacte a otros. Las Escrituras hablan de pastores, ancianos y diáconos (1 Timoteo 3:1–13; Tito 1:5–9), pero no establecen la necesidad de estructuras complejas o dependencias administrativas extensivas. El objetivo es claro: llevar a una persona de la incredulidad a la fe y de la fe a la madurez en Cristo (Colosenses 1:28).

 

Charles Spurgeon lo expresó con contundencia: “El crecimiento de la iglesia no se mide por el número de asistentes, sino por la profundidad de los discípulos”. Esta perspectiva redefine completamente el éxito ministerial.

 

Cuando estos discípulos crecen, se reúnen, adoran, se sirven mutuamente y alcanzan a su comunidad, entonces surge naturalmente la iglesia. Si de ese proceso nace una congregación local, ¡gloria a Dios! Pero es consecuencia, no requisito previo. Este enfoque libera la misión de cargas innecesarias. No se necesita un edificio para discipular; se necesita fidelidad. No se requiere un presupuesto elevado para evangelizar; se necesita obediencia.

 

Además, el enfoque actual muchas veces descuida el desarrollo interno de líderes. Se buscan líderes externos mientras los discípulos locales carecen de oportunidades para crecer y servir. Esto no solo debilita la iglesia, sino que contradice el mandato de formar obreros (2 Timoteo 2:2).


En el ámbito misionero, también se observa una tensión. Se invierten grandes recursos en enviar obreros transculturales, mientras líderes locales capacitados en sus propios contextos son subutilizados. Si bien las misiones internacionales son bíblicas y necesarias, deben ejecutarse con sabiduría estratégica y sensibilidad contextual. El principio bíblico sigue siendo válido: “la mies es mucha, pero los obreros pocos” (Lucas 10:2). La solución no es complejizar el sistema, sino multiplicar discípulos fieles.

 

La iglesia contemporánea necesita volver a la simplicidad del evangelio. A una fe humilde, encarnada, centrada en hacer discípulos, formar líderes y confiar en que Dios edificará Su iglesia (Mateo 16:18).

 

Conclusión y Oración

Mi oración al Padre Celestial es sencilla pero profunda: que nos conceda humildad para reconocer nuestras desviaciones, valentía para reformar nuestras prácticas y fidelidad para obedecer Su Palabra. Que volvamos a plantar semillas de fe con diligencia, confiando en que Él dará el crecimiento (1 Corintios 3:6–7), para la expansión genuina de Su Reino.

 

Por el Dr. Jose D. Diaz Perez

Doctorado en Teología y Apologética

Liberty University, Virginia

 
 
 

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